
XXII
No creeré en mi vejez, ante el espejo, mientras la juventud tu edad comparta; sólo cuando los surcos te señalen pensaré que la muerte se aproxima. Si toda la hermosura que te cubre es el ropaje de mi corazón, que vive en ti, como en mí vive el tuyo, ¿cómo puedo ser yo mayor que tú? Por eso, amor, contigo sé prudente, como soy yo por ti, no por mi mismo; tu corazón tendré con el cuidado de la nodriza que al pequeño ampara. No te ufanes del tuyo, si me hieres, pues me lo diste para no volverlo.
XXVI
Señor del amor mío, cuyo mérito obliga mi homenaje de vasallo, te envío esta embajada manuscrita, mi devoción probando y no mi ingenio. Grande es mi devoción: mi pobre espíritu la muestra sin ropaje de vocablos y espera, aunque desnuda, que en tu alma le dé tu comprensión sucil albergue; hasta que el astro que mi andanza guía me señale con brillo favorable, y al ornar mis andrajos amorosos haga que yo merezca que me mires. Así podré exhibir mi amor ufano, pero hasta entonces rehuiré la prueba.
XXXIV
¿Por qué me prometiste un día hermoso y a viajar sin mi capa me obligaste, si me dejaste sorprender por nubes que en su bruma ocultaron tu destello? No me basta que surjas de la niebla y que la lluvia enjugues en mi rostro, pues no ha de ponderar ninguno el bálsamo que cicatriza pero no remedia. Ni tu vergüenza a mi dolor aplaca, ni tu remordimiento a lo perdido: del ofensor la pena poco alivia a quien la cruz soporta del agravio. Pero tus lágrimas de amor son perlas y su riqueza todo el mal rescata.
XXX
Cuando en sesiones dulces y calladas hago comparecer a los recuerdos, suspiro por lo mucho que he deseado y lloro el bello tiempo que he perdido, la aridez de los ojos se me inunda por los que envuelve la infinita noche y renuevo el plañir de amores muertos y gimo por imágenes borradas. Así, afligido por remotas penas, puedo de mis dolores ya sufridos la cuenta rehacer, uno por uno, y volver a pagar lo ya pagado. Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas se compensan, y cede mi amargura.
XLIII
Veo mejor si cierro más los ojos que el día entero ven lo indiferente; pero al dormir, soñando te contemplan y brillantes se guían en lo oscuro. Tú, cuya sombra lo sombrío aclara, si ante quienes no ven tu sombra brilla, ¡qué luz diera la forma de tu sombra al claro día por tu luz más claro! ¡Ay, qué felicidad para mis ojos si te miraran en el día vivo, ya que en la noche muerta, miro, ciego, de tu hermosura la imperfecta sombra! Los días noches son, si no te veo, y cuando sueño en ti, días las noches.
XL
Ni el mármol, ni los áureos monumentos, durarán con la fuerza de esta rima, y en ella tu esplendor tendrá más brillo que en la losa que mancha el tiempo impuro. Cuando tumbe la guerra las estatuas y el desorden los muros desarraigue, ni la espada de Marte ni su incendio destruirán tu memoria siempre viva. Irás contra la muerte y el olvido. Acogerá tu elogio la mirada de la posteridad que, consumiéndolo, hasta el juicio final fatigue al mundo. Así,hasta el día en que también te juzguen, aquí estarás y en los amantes ojos.
LXII
El pecado de amarme se apodera de mis ojos, de mi alma y de mí todo; y para este pecado no hay rernedio pues en mi corazón echó raíces. Pienso que es el más bello mi semblante, mi forma, entre las puras, la ideal; y mi valor tan alto conceptúo que para mí domina a todo mérito. Pero cuando el espejo me presenta, tal cual soy, agrietado por los años, en sentido contrario mi amor leo que amarse siendo así sería inicuo. Es a ti, otro yo mismo, a quien elogio, pintando mi vejez con tu hermosura.
LXXI
Cuando haya muerto, llórame tan sólo mientras escuches la campana triste, anunciadora al mundo de mi fuga del mundo vil hacia el gusano infame. Y no evoques, si lees esta rima, la mano que la escribe, pues te quiero tanto que hasta tu olvido prefiriera a saber que te amarga mi memoria. Pero si acaso miras estos versos cuando del barro nada me separe, ni siquiera mi pobre nombre digas y que tu amor conmigo se marchite, para que el sabio en tu llorar no indague y se burle de ti por el ausente.
CVI
Cuando en las crónicas de tiempos idos veo que a los hermosos se describe y a la Belleza embellecer la rima que elogia a damas y señores muertos, observo que al pintar de sus dechados la mano, el labio, el pie, la frente, el ojo, trataba de expresar la pluma arcaica una belleza como la que tienes. Así, sus alabanzas son presagios de nuestro tiempo, que te prefiguran, y pues no hacían más que adivinarte, no podían cantarte cual mereces. En cuanto a aquellos que te contemplamos con absorta mirada, estamos mudos.
CXLVI
Pobre alma, centro de culpable limo a la que burla, indócil, quien la ciñe, ¿por qué adentro sufrir afán y hambre si pintas lo exterior de alegre lujo? Si el contrato es tan breve, ¿por qué gastas ornando tu morada pasajera? ¿Tendrá por fin tu cuerpo sustentar al gusano que herede tu derroche? Vive, alma, a expensas de tu servidor; que aumenten sus fatigas tu tesoro; y cambia horas de espuma por divinas. Sé rica adentro, en vez de serlo afuera. Devora tú a la Muerte y no la nutras, pues si ella muere, no podrás morir.
IV
Derrochador de encanto, ¿por qué gastas en ti mismo tu herencia de hermosura? Naturaleza presta y no regala, y, generosa, presta al generoso. Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas de lo que se te dio para que dieras? Avaro sin provecho, ¿por qué empleas suma tan grande, si vivir no logras? Al comerciar así sólo contigo, defraudas de ti mismo a lo más dulce. Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo podrás dejar que sea tolerable? Tu belleza sin uso irá a la tumba; usada, hubiera sido tu albacea.
V
Las horas que gentiles compusieron tal visión para encanto de los ojos, sus tiranos serán cuando destruyan una belleza de suprema gracia: porque el tiempo incansable, en torvo invierno, muda al verano que en su seno arruina; la savia hiela y el follaje esparce y a la hermosura agosta entre la nieve. Si no quedara la estival esencia, en muros de cristal cautivo líquido, la belleza y su fruto morirían sin dejar ni el recuerdo de su forma. Mas la flor destilada, hasta en invierno, su ornato pierde y en perfume vive.
XV
Cuando pienso que todo lo que crece su perfección conserva un mero instante; que las funciones de este gran proscenio se dan bajo la influencia de los astros; y que el hombre florece como planta a quien el mismo cielo alienta y rinde, primero ufano y abatido luego, hasta que su esplendor nadie recuerda: la idea de una estada tan fugaz a mis ojos te muestra más vibrante, mientras que Tiempo y Decadencia traman mudar tu joven día en noche sórdida. Y, por tu amor guerreando con el Tiempo, si él te roba, te injerto nueva vida.
XVIII
¿A un día de verano compararte? Más hermosura y suavidad posees. Tiembla el brote de mayo bajo el viento y el estío no dura casi nada. A veces demasiado brilla el ojo solar, y otras su tez de oro se apaga; toda belleza alguna vez declina, ajada por la suerte o por el tiempo. Pero eterno será el verano tuyo. No perderás la gracia, ni la Muerte se jactará de ensombrecer tus pasos cuando crezcas en versos inmortales. Vivirás mientras alguien vea y sienta y esto pueda vivir y te dé vida.
XIX
Mella, Tiempo voraz, del león las garras, deja a la tierra devorar sus brotes, arranca al tigre su colmillo agudo, quema al añoso fénix en su sangre. Mientras huyes con pies alados, Tiempo, da vida a la estación, triste o alegre, y haz lo que quieras, marchitando al mundo Pero un crimen odioso te prohíbo: no cinceles la frente de mi amor, ni la dibujes con tu pluma antigua; permite que tu senda sìga, intacto, ideal sempiterno de hermosura. O afréntalo si quieres, Tiempo viejo: mi amor será en mis versos siempre joven.
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